La depuración de la escuela de Labastida

Escuela de Labastida 1932
José Fidel Ortiz de Anda junto a algunos de sus alumnos, frente al Ayuntamiento de Labastida (1932)
Por cada escuela que abrimos
una cárcel se derrumba.
¿Quién que medite el alcance
de sentencia tan profunda
al noble fin no propende
de que los pueblos se instruyan?
¿Pudiera de la ignorancia
abusarse cual se abusa
si en instrucción estuviera
el pueblo a mayor altura?…

(Extracto del poema “Luz del pueblo” de Adriano Lorenzo)
– Don José, ¿La guerra es mala?
– Muy mala, hijos míos. En mi concepto, es la peor peste que puede afligir a la Humanidad

(Extracto de un texto de lectura del libro “Mi España” de José Ortiz de Anda)

7 de octubre de 1936. El joven José Fidel Ortiz de Anda Guinea es fusilado en Vitoria por el fascismo. El delito del que fuera maestro y director de la escuela de Labastida, era ser profesor republicano y dirigente de la FETE-UGT, la sección sindical que agrupó a la mayoría de los y las maestras republicanas a principios de los años 30.

La República puso todo su empeño en cambiar y mejorar el sistema educativo, un puntal decisivo para transformar un país (En 1930 el estado español tenía un tercio de sus 23,5 millones de habitantes que no sabía ni leer ni escribir). La escuela debía alcanzar a todo el mundo por igual independientemente de su condición. Partiendo de esa idea-fuerza, el gobierno planeó la construcción de nuevas escuelas por toda su geografía, creo 7.000 plazas para nuevos docentes, dignifico su labor, les subió el sueldo, y reformo las escuelas de magisterio y su metodología.

Este impulso, no debía ser meramente material, sino que debía impregnarse de nuevos valores y una nueva forma de enseñar. La laicidad pasó a a ser fundamental en un estado en el que las ordenes religiosas habían monopolizado hasta entonces la educación. Los nuevos valores pedagógicos fomentaban que el alumno o alumna tuviera un papel activo y creador, que le impulsará a aprender. El entonces Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes promovió la educación conjunta de niños y niñas en las escuelas, independientemente también de su capacidad económica, otra clave fundamental para formar personas que tuviesen las mismas oportunidades sociales y laborales… A pesar de la tensiones y dificultades que se encontraron en este proceso y del poco tiempo de desarrollo, la apuesta de la República y lo construido entonces, representa hoy un valor encomiable.

El maestro gasteiztarra José Fidel Ortiz de Anda se empleó a fondo en esta labor durante aquellos años en la escuela de Labastida como director de la misma. En esa tarea de regeneración, sabemos que escribió también un libro divulgativo. En 1932 la editorial madrileña Sucesores de Rivadeneyra publicaba “Mi España” un libro donde, el joven profesor de 26 años, pretendía actualizar los textos de lectura y comprensión con los que entonces se trabajaba en la escuela. “Maestro: “Mi España”: Es el libro de lectura que acaba de publicarse. Tienes que adquirirlo si de veras quieres modernizar tu escuela.” rezaban los anuncios en la prensa de la época. José Fidel escribió textos a modo de conversaciones entre el maestro y sus alumnos, y recopilo poesías y noticias publicadas en la prensa que abordaban diferentes temas de sociedad e historia. El libro, trataba entonces de enfrentar, a los niños y niñas de once a catorce años, con escritos que fueran reflejo de la sociedad de su tiempo, frente a los cuentos y textos imaginarios con los que se trabajaban entonces.

La Escuela de Labastida de aquella época, también creo y desarrolló actividades para el conocimiento, cultivo y cuidado del campo y otras tareas relacionadas con este, con ejercicios prácticos que se realizaban en el terreno anejo a la Escuela Nacional del pueblo. En reconocimiento a su labor, era el único proyecto de este tipo subvencionado por el Ministerio en el País Vasco entonces.

Pero el intento transformador de la República se topó finalmente con el golpe definitivo de julio de 1936. Desde ese primer momento, la represión franquista puso en su objetivo a los y las maestras de la República y la labor que estaban acometiendo. El fascismo, tuvo muy claro, que para cumplir sus objetivos a largo plazo, debía demoler el modelo de escuela progresista que la República estaba construyendo.

Con Araba sometida, el 7 de agosto de 1936, se celebró el primer pleno de la Diputación, para aprobar entre otras cosas, la reposición del crucifijo en todas las aulas.

La intervención decidida contra los “malos maestros” comenzaría dos días después. El domingo 9 de agosto, son detenidos Miguel Gil, en Zalduondo, Benardino Domingo, en Galarreta y Mauricio Rodríguez, en Gordoa. Los tres son fusilados por la noche en la Sierra de Urbasa y arrojados sus cuerpos a la sima de Otsoportillo. Los tres eran maestros y delegados gubernativos de Izquierda Republicana. Hasta llegar a Urbasa, los ejecutores, quemaron a su paso, varias bibliotecas.

A primeros de noviembre, como hemos visto, es ejecutado también el maestro de Labastida José Fidel.

La prensa que jalea el golpe clama contra el profesorado republicano: “Hay que acabar con esa plaga nacional. Hay que apartarlos de las funciones pedagógicas, que busquen otro medio de vida picando piedra, aserrando madera o escardando cebollinos” arengaba el diario “Pensamiento Alavés”.

Así, todos los docentes del estado español, fueron sometidos, previamente apartados de su trabajo, a un proceso de depuración. En una primera fase los militares y después, a través de comisiones formadas por los nuevos poderes fácticos provinciales, se encargaron informes que detallaran el perfil ideológico y otros detalles de la vida de los maestros y maestras, para determinar si podían volver a ejercer. Aquellas personas sancionadas, podían recurrir dichas decisiones aportando avales y documentación, aunque fueron muy pocas los que intentaron esa vía.

En Araba, la llamada Comisión Depuradora Provincial quedó constituida en noviembre de 1936. Esta comisión ordenó la cumplimentación, por separado, de un cuestionario, por cada docente, de 22 preguntas al párroco, al puesto de la Guardia Civil, al alcalde y a algún padre “honorable” de familia de cada localidad. “¿Ha actuado activamente en política de izquierdas o separatista?, ¿Comulgaba al menos una vez al año?, ¿Enseñaba algo contra el amor a España?, ¿Qué amistades frecuenta?”... Estos informes, una vez revisados por la Comisión de Álava, eran ratificados o corregidos por la llamada Comisión de Cultura y Enseñanza ubicada en Burgos. Esta decidía finalmente si los y las docentes podían regresar oficialmente a su puesto o eran sancionadas con la perdida total de empleo, perdida temporal, si eran trasladados de escuela, o se las obligaba a salir de la provincia o del País Vasco en el caso de los “rojos” o del País Vasco y Navarra en el caso de los nacionalistas vascos.

A través de la búsqueda en los archivos de aquel enorme proceso tortuoso de purgas, conocemos lo ocurrido con las maestras que también ejercían en Labastida. María Grijalbo López, Pilar Olloqui Díaz, Francisca Martín Maqueda y Fidela Sierra Amurrio.

En Labastida, como figuran en los archivos del Ministerio de Cultura, fueron el alcalde Miguel Amurrio, el párroco Juan Bautista de Marcos, el comandate de la Guardia Civil, Heliodoro Villar y como padre de familia, Galo Martínez, quienes rellenaron estos cuestionarios. Estos formularios eran de obligada cumplimentación y debían ser respondidos en el plazo máximo de 10 días.

En el caso de estas maestras, todas recibieron la aprobación de los informantes. Con escuetas valoraciones: “Buena”, “Muy buena”, “Amistades honorables” “Serias y formales” y multitud de síes y noes salpicados por todos los cuestionarios, los cuatro avalaron la idoneidad de estas maestras para ejercer. Así, el 24 de febrero de 1937 la Comisión depuradora del magisterio primario de Álava autorizó a Pilar Olloqui y Francisca Martín a realizar las practicas escolares que tenían pendientes para terminar el grado profesional.

A mediados de agosto de ese mismo año, la maestra procedente de Bizkaia, Fidela Sierra, interina de la escuela, recibió la confirmación para poder reocupar su puesto. Y en noviembre, la maestra de párvulos María Grijalbo, profesora con plaza, obtuvo también su confirmación en el puesto.

Tal y como ha analizado Juan Gómez Calvo en su libro “Matar, Purgar, Sanar” (Tecnos, 2014), en Araba fueron 100 los y las maestros que recibieron algun tipo de sanción de un total de 560 expedientes. 62 de estos fueron acusados de participar en partidos o actividades de izquierdas, 27 de militar en el nacionalismo vasco y 11 fueron otros casos particulares. La comisión de Araba actuó con rapidez y el 98% de los expedientes se resolvieron antes de que finalizara octubre de 1937.

La enseñanza fue cualitativamente en el estado, el sector más perjudicado en el proceso de depuración franquista. La purga durante y después de la guerra dejó unos 15.000 expulsados y unos 6.000 sancionados en el estado español. Fueron los religiosos de nuevo y los militares, con grado de alferez, los que ocuparon las plazas de los y las expulsadas.

El cuerpo de José Fidel Ortiz de Anda sigue desaparecido.

 

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