Aquel convulso año de 1933

La Rioja. Una escuadrilla de aviones sobrevuelan la localidad de San Vicente de la Sonsierra. Los aviones, que provienen del Aeródromo de Agoncillo, lanzan sobre el pueblo octavillas en nombre del Gobierno de la República: si el pueblo no se rinde en el plazo de una hora, procederán a bombardearlo. Es la mañana fría del 10 de diciembre de 1933. Aún quedan algunos focos de revolución incendiando el mapa a lo largo de la península, pero está a punto de terminar, con un nuevo fracaso, el tercer intento de la CNT, en dos años, de implantar el comunismo libertario mediante la insurrección armada. Este ha sido con todo, el mayor movimiento revolucionario, en extensión, preparación e intensidad (hasta la llegada de la Comuna asturiana en octubre de 1934) llevado a cabo en el estado español en el primer tercio del siglo XX. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

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Si bien el anarquismo había visto con buenos ojos la llegada de la República en abril de 1931, de cuya proclamación se reclamó parte por su insistente participación en la oposición, junto a otras fuerzas, a la dictadura de Primo de Rivera. El movimiento libertario había reclamado cuestiones a las que la República no accedió en su origen. Junto a ello, parte de la legislación social y laboral republicana había contado con la oposición de la CNT y de la FAI, lo que hizo que, con el paso de los meses, la separación entre republicanos y libertarios fuese más evidente. Sucesos como la huelga de la Telefónica en Madrid, en mayo de 1931, o los del Parque de María Luisa de Sevilla, marcaron el inicio de esa ruptura.

A ello se une que medidas tan reclamadas por la clase obrera como la reforma agraria se producían de forma lenta. Para los y las campesinas, república debía ser sinónimo de reforma agraria desde la segunda mitad del siglo XIX. Por ello, esperaban una rápida aplicación de dicha medida. La lentitud de este proceso, unido a la falta de recursos, tierras y el hambre que pasaban muchas de las gentes del campo, hizo que se produjeran levantamientos y motines como los de Arnedo o Castilblanco.

El 19 de enero de 1932 los mineros de la colonia de San Cornelio, en Fígols, provincia de Barcelona, iniciaron una huelga para denunciar las duras condiciones de trabajo de las minas. Los trabajadores se apoderaron de las armas del somatén y empezaron a patrullar por las calles, proclamando la llegada del “comunismo libertario”. La mecha prendió toda la comarca y se extendería después, en forma de paro, a otros lugares. El día 27 de enero la primera insurrección anarquista contra la República había acabado, pero a partir de ese momento muchos sectores del anarquismo se plantean la estrategia insurreccional como eje central.

En Diciembre de 1932, la Federación Nacional de la Industria Ferroviaria, que celebra su primer congreso, aprueba por escaso margen ir a la huelga. Este paso es secundado por los y las anarcosindicalistas que articulan una acción insurrecional para el 8 de enero de 1933. La llama se enciende en Barcelona y se propaga sobre todo por Levante y Andalucia, donde sobresalen, por su truculencia y repercusión, los sucesos trágicos de Casas Viejas, donde seis personas murieron calcinadas y 17 personas mas fueron asesinadas a sangre fría por las fuerzas de orden público. La imagen de Manuel Azaña y de los republicanos quedó muy dañada por la brutalidad de la represión y de lo ocurrido.

La CNT empieza entonces a apretar el acelerador. Se suceden las huelgas y paros contra la legislación laboral y para exigir la libertad de las personas presas. En Julio se celebra un mitin que es encabezado un por el lema: “525 muertos y 9.000 presos” que preside el acto.

El Gobierno busca arrinconar a la CNT en materia laboral, cercenando el derecho de huelga o estrechando los margenes de la negociación colectiva, y en lo social, una regresión de las libertades individuales y colectivas, con una batería de leyes que buscan una forma de gobernar desde la excepcionalidad continua y fuera de la constitución para atajar el desbordamiento social.

Los meses de verano y otoño del 33 son calientes en lo político. En Europa, donde en plena crisis económica el fascismo se consolida en Alemania y en España, donde, entre gobiernos efímeros, presiones sociales, conjuras en el ejercito y crisis políticas, se cristaliza el proyecto de la Falange. La inestabilidad política lleva a la formación de un gabinete de transición que convoca elecciones generales para el 19 de Noviembre.

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Ya entonces la CNT advierte que ante un triunfo de las tendencias fascistas se levantara en pleno en cuanto una sola de sus secciones regionales lo haga. Ante este proceso, el sindicato se lanza a una intensa campaña abstencionista: prensa, mitines, acciones violentas y promoción de huelgas… En la Plaza de toros de Valencia ante 25.000 personas Buenaventura Durruti proclama: “Si el día 20 hemos conseguido una abstención electoral de más del cincuenta por ciento, le diremos al Gobierno: ¡Basta ya! ¡No nos represantaís! Y si controlamos un millón de trabajadores que tienen en sus manos la industria y el transporte, la revolución está hecha solo con querer”

La campaña electoral es tensa y no solo por el accionar anarcosindicalista, también en Euskal Herria: nacionalistas y carlistas se lían a palos en Donostia, en Pasaia los socialistas hacen lo mismo con los comunistas que revientan un acto y en Bilbao, debido a los gases lacrimogenos, se suspende un acto de los republicanos Zugazagoitia, Domingo Prieto y Azaña.

La jornada electoral también es muy accidentada en todo el estado: agresiones, peleas, asaltos a colegios electorales, se rompen urnas, y en diversos tiroteos mueren varios interventores y propagandistas de derechas.

Son también las elecciones generales en las que por primera vez las mujeres pueden votar. Ese año, estaban censadas 7.955.461 mujeres.

Estas elecciones tienen dos vueltas y un sistema de escrutinio entre mayoritario y proporcional que prima a las candidaturas mas votadas. Las elecciones dieron una mayoría parlamentaria a los partidos de centro-derecha y de derechas. El partido que obtuvo un mayor número de escaños fue la CEDA, de José María Gil-Robles, con 115 asientos, seguido del Partido Republicano Radical de Lerroux con 102. Lejos quedaba el PSOE con solamente 59. Alcalá Zamora entonces, encarga la formación del gobierno a Alejandro Lerroux, dándose inicio entonces al denominado bienio radical-cedista o bienio negro. La izquierda acuso el desgaste del gobierno, los sucesos de Casas Viejas y el haberse presentado dividida y la inversión en campaña de la derecha. La abstención se puede estimar en un 32,54% frente a un 30% en 1931 o a un 28% en 1936. En algunos territorios las cifras fueron más altas como Aragón (40,48%) Andalucía (superior al 60%) o Catalunya (cerca del 40%).

La CNT, que sigue llamando la atención sobre la ola de derechización y avance del fascismo, considera la revolución ya algo inevitable. En su haber estaba curtida en las luchas: acciones violentas, huelgas, sabotajes, ocupaciones… pero su estrategia militar no había mejorado mucho. La abundancia de conflictos y huelgas la habían desangrado y no tenían ni siquiera estructuras militarizadas organizadas como si contaban con ellas entonces los monárquicos, fascistas, comunistas o los nacionalistas.

El primer punto de la agenda libertaria aun así, es cuando se va a dar ese paso y entre las discusiones para decidir la idoneidad o no de la acción y el momento, se constituye como primera medida un Comité Revolucionario que organice la insurrección. Entre los participantes entonces están: Buenaventura Durruti, Isaac Puente, Joaquín Ascaso o Pedro Falomir (representando a la sección Regional Norte).

A la espera del nuevo gobierno, los primeros días de diciembre, proliferan las huelgas: se levantan los camareros en Madrid, (conflicto que duraría hasta febrero de 1934), y se va extendiendo a otros ámbitos de la hostelería, los transportistas en Barcelona… el gobierno sospecha seriamente que se pueda venir un nuevo levantamiento social y decreta el estado de prevención en todo el territorio, lo que provoca la clausura de sindicatos y locales, detenciones, interrogatorios, registros y la orden de requisar las armas cortas o largas de las armerías… “Solidaridad Obrera”, el periódico y órgano de expresión de la CNT, al que la censura gubernamental salpica con artículos en blanco en sus páginas, acaba por ser clausurado el 3 de diciembre, no podrá volver a poner en marcha sus rotativas hasta el 10 de abril de 1934. Evaristo Fernández, militante de la CNT, escribe desde Barcelona: “Te digo que se aproximan momentos estupendos para dar el golpe certero al capitalismo y sus secuaces, pues dentro de poco nos veremos en la calle batiéndonos el cobre hasta implantar esa nueva sociedad donde todos podamos vivir libremente”. El día 6 en Zaragoza se celebra un Pleno Regional de Comarcales de la CNT y se fija una nueva cita para tomar el cielo por asalto. El día 9 de diciembre el periodico de la CNT publica un manifiesto proclamando el comunismo libertario y llamando a la insurreción armada.

Miles de hombres y mujeres se aprestan para la revolución social.

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