Los sucesos del 8 y 9 de Diciembre

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“Otro mundo no es sólo posible, sino que está en camino. En los días tranquilos incluso oigo su respiración”
Arundhati Roy

Última actualización: 14 de diciembre de 2017


Después del fracaso del llamado primer bienio republicano-socialista, presidido por Manuel Azaña, las elecciones generales de noviembre de 1933 dieron la victoria a las fuerzas de la derecha encabezadas por la coalición CEDA, ante una izquierda que se presento profundamente divida. La CNT, que había propugnado la abstención en estas elecciones, ante la deriva de los acontecimientos, decidió lanzarse a una huelga general revolucionaria que proclamase el comunismo libertario. Este levantamiento de diciembre no tuvo apenas efecto en Euskal Herria,  pero si que lo tuvo de manera destacada en Labastida.

Los sindicatos adheridos a la CNT de varios pueblos de La Rioja cercanos a Labastida llevaban algún tiempo preparando ese movimiento que debería de estallar cuando lo ordenara el Comité Revolucionario organizado para tal efecto. Aunque el gobierno declaró después que se trataba de una campaña perfectamente preparada hasta en sus mas pequeños detalles, en Labastida parece que la mayoría de los afiliados del Sindicato Único, acrata, del pueblo no tenían un conocimiento certero de lo que se preparaba, tal y como nos cuenta el hsitoriador Santiago de Pablo Contreras1. En aquel tiempo el Sindicato Único estaba compuesto en la localidad por sesenta miembros, la mayoría de los cuales se ganaban la vida trabajando en el campo. Se sabe incluso que Luis Gil Sáez y el joven de 16 años, José Gil Cámara, presidente y secretario respectivamente del sindicato, se enteraron de la existencia de este levantamiento la misma noche del 8 de diciembre.

Fue la mañana de ese día, cuando Sixto Barrón, uno de los principales anarcosindicalistas del pueblo y uno de los fundadores del sindicato en 1923, recibió la visita de Fausto Villamor, dirigente cenetista de San Vicente de la Sonsierra, quien le comunicó el plan que se estaba preparando. Barrón, con objeto de cerciorarse de la noticia y conocer los detalles, salió esa misma tarde hacia Haro, Briones y San Asensio, en cuyos sindicatos le confirmaron que la insurrección comenzaría aquella misma noche. Ante estas noticias, Barrón convocó una asamblea en el local del sindicato del pueblo. Como primera medida, se decidió que dos afiliados, Angel Manzanos y José Gil, fueran a Vitoria a preguntar al Comité Comarcal si debían unirse al movimiento, al pertenecer ellos a la sección Regional Norte del sindicato. Ambos regresaron al cabo de unas horas, comunicando que en Vitoria, la central sindical libertaria estaba desconectada de los detalles del movimiento revolucionario, aunque parece que tenían en mente intentar iniciar una huelga general. La falta de noticias concretas parece que hizo vacilar a algunos de los veinticinco sindicalistas que asistieron a la reunión. Sixto Barrón y Daniel Quintana, proponían unirse al movimiento, mientras que Honorato Amurrio y el presidente Luis Gil, eran partidarios de no salir a la calle. Los primeros acabaron convenciendo a Gil de que era necesario secundar la huelga revolucionaria, puesto que esta, iba a comenzar a la misma hora en todo el Estado. Así, en casa de otro militante anarquista, Esteban Manzanos, se dividieron por grupos y planearon la acción antes de despedirse, para verse horas después, en el local del sindicato.

Hacia las dos de la madrugada del 9 de diciembre se oyó la señal convenida por Barrón con los cenetistas de Haro, el estallido de una bomba, para dar comienzo al levantamiento. Luis Gil ordenó entonces a los sindicalistas que cogieran las armas: escopetas de caza, pistolas, y explosivos (disponían de abundante provisión de bombas, petardos, cartuchos con postas y de dinamita) que estaban en el local, y se echaran a la calle. Tomas Corcuera y Antonio Barrón se acercaron a casa de afiliados que no habían asistido a la asamblea y les invitaron a unirse al movimiento, lo que hicieron un número aproximado de diez personas, entre ellos varios afiliados del Partido Republicano Radical: José Rodríguez García, Daniel Martínez Velasco, Rafael Martínez Montoya y Joaquín Amurrio. Entre ellos, también se encontraban varias personas no afiliadas a la CNT, que al parece ser fueron presionadas a salir a la calle, así como algún socio del propio sindicato anarquista contrario a salir.

Los insurgentes, dirigidos por Estanislao Barredo Ruiz, uno de los más caracterizados sindicalistas de Labastida, que había estado trabajando en la zona minera de Bizkaia y se distinguía por un mayor conocimiento del ideario anarquista, Sixto Barrón, Amos Madrid, Daniel Quintana, Angel Manzanos y Luis Gil, se dirigieron en grupos a las casas de los vecinos y vecinas, exigiéndoles la entrega de las armas que tuvieran, para proveerse de más armamento y desarmar a su vez, a quién se pudiera oponer al levantamiento. Aunque la mayoría las entregaron sin protesta alguna, hubo varias personas que se negaron a cumplir las exigencias de los anarcosindicalistas, entre ellos el alcalde, Luis Martínez “El Templao”, al que invitaron a sumarse al movimiento, el capataz de camineros Pedro Angulo, un guarda jurado Luis Garizabal o algunos carlistas del pueblo. La reacción de estos para con los reticentes fue desigual: mientras de algunas casas se marcharon sin más, al no obtener lo que pedían, en otras, como en la vivienda del alcalde, colocaron cartuchos de dinamita o pequeñas cargas explosivas, que en parte llegaron a estallar produciendo algunos destrozos en general aunque de escasa importancia. Otro grupo se dirigió al domicilio del panadero, Rufino Barrón, diciéndole que había estallado la revolución y que debía amasar pan para toda la comunidad. Después fueron al comercio propiedad de Anselmo Quintana, al que hicieron comprometerse a no vender nada, sin la autorización de un futuro Comité Revolucionario local que se pretendía constituir.

Hacia las tres y media de la madrugada, un grupo se dirigió al cuartel de la Guardia Civil española, donde entonces, prestaban servicio un sargento y cuatro guardias más. Allí rodearon el cuartel. Tomas Corcuera, Félix Manzanos, Angel Barrón, León Quintana y Pablo Martínez, se parapetaron a unos 25 metros de la casa cuartel, detrás de una tapia ubicada en una finca comunal denominada Huerta de la Villa, donde actualmente está el Hostal Jatorrena. Por el ala noroeste, se apostaron Luis Gil y Pablo Arroyo Pazos y cubriendo el lado sur, Paulino Quintana y Esteban Manzanos. Pablo Caño y Paulino Gil rociaron con gasolina la puerta del cuartel y la prendieron fuego. En aquel momento, salió de la casa un vecino, Marcelino López “Gasolina”, que se hacia entonces cargo de la huerta mencionada, que con animo de advertir a los guardias, gritó “¡Fuego! ¡Fuego, guardias!”. Entonces uno de los asaltantes le disparó con una pistola con intención de amedrentarle, y así el vecino en cuestión se refugió en el interior de su vivienda. Alertados por los gritos y el disparo, se asomaron a las ventanas del cuartelillo el sargento del puesto, Nicolás López Gómez, en la ventana principal del edificio del primer piso, y el guardia Pedro Garrido López, en la correspondiente del piso superior, siendo recibidos por una descarga cerrada de disparos en la que cayó herido gravemente Garrido, por herida de bala en la región parietal derecha. Se dice que entonces el sargento les gritó a los guardias: “¡Fuego a discreción, que esta noche nos matan a todos estos bandidos!”. Así se entabló un intercambio de disparos, entre los guardias y los parapetados en el muro de la huerta. El tiroteo entre estos y los anarcosindicalistas, se prolongó por espacio de dos horas durante los cuales también cayo herido el sargento, con una herida producida en el antebrazo derecho producida por posta. Uno de los guardias, Marcelino Gallego, consiguió finalmente abandonar el edificio e ir en busca del médico del pueblo, Andrés Castillo, pero cuando consiguieron regresar al cuartel, Pedro Garrido ya estaba muerto. Durante esta refriega también resultó herido de un tiro el concejal carlista Alejandro Amurrio.

Mientras tanto, a las cuatro y media de la madrugada varios revolucionarios se dirigieron al Ayuntamiento, donde intentaron que el alguacil, Felipe Ochoa González, que vivía entonces junto a su mujer en el interior del edificio, les entregara las llaves. Al negarse, los insurrectos decidieron asaltar el ayuntamiento al grito de “¡Viva la anarquía!”. Ayudándose de una escalera y forzando las puertas de uno de los tres balcones de la fachada, accedieron, sirviéndose de un hacha, a la Alcaldía, Secretaría y el Juzgado Municipal. De allí, sacaron numerosos documentos a la calle, entre ellos los relativos a las fincas de la localidad y el registro de la propiedad, y les prendieron fuego en los soportales, como acto simbólico para proclamar la abolición de la propiedad en el pueblo. Se da la circunstancia, que entre los documentos quemados también se encontraban los libros de actas, el registro civil, los papeles del Juzgado, setenta y dos legajos de valor histórico y toda la documentación de carácter administrativo desde 1800 hasta 1933, que se perdieron. Del ayuntamiento también se llevaron dos carabinas y una escopeta. Durante este hecho se produjeron fuertes enfrentamientos verbales con el alcalde, el alguacil y la esposa de este, que al verles armados les grito: “¡Matarnos si queréis!”, a lo que una persona del grupo de los insurgentes le respondió que no querían hacerle ningún daño y menos aún matarles y trató de tranquilizarla.

Mientras tanto, la encargada del teléfono público de Labastida trataba de hablar con Vitoria, sin conseguirlo, por haber sido voladas algunas líneas. Pablo Caño, encargado de esta labor, por equivocación cortó el cable que abastecía el alumbrado público, en vez del cableado telefónico. Se dice también, que los anarquistas efectuaron varios disparos contra el edificio donde la mujer se encontraba, para intentar amedrentarla y que varios proyectiles penetraron en el interior. Por otro lado, se sabe que el párroco, natural de Labastida, Enrique Díaz Landaburu, escapó de su casa por la parte trasera y fué hasta el pueblo de Berganzo para desde allí, llamar por teléfono a Gasteiz para comunicar lo que estaba sucediendo. Al fin, la telefonista consiguió comunicarse con el comandante de la Guardia Civil de Haro, donde Fuerzas de Asalto, procedentes de Vitoria, habían controlado allí otra revuelta, con más de 30 personas detenidas, tras diversos tiroteos por las calles de la localidad y el intento de asedio al cuartel. Al amanecer, “tres disparos hechos por los vigías que ocupaban los altos de la ermita de El Santo Cristo avisaron a los comunistas de la llegada de las fuerzas”2 . Los anarquistas, habían derribado árboles en la carretera de Labastida-Laguardia con objeto de entorpecer la llegada de las fuerzas de seguridad, pero los guardias de asalto y otras personas provenientes de Haro, entraron a pie al pueblo, armas en mano. Se cruzaron algunos disparos, entre estos y los revolucionarios, y finalmente, la mayor parte de estos últimos huyeron en desbandada hacia la Sierra del Toloño. Llegando parte de ellos, a la altura de Puellas y la era de la Tenereta, un buen número de guardias de asalto aparecieron por Sopalacio, disparando de nuevo a discreción, sin alcanzar a ninguno de ellos.

Eran las 8 de la mañana. En poco tiempo la tranquilidad se rehízo en el pueblo. Aquel día, el secretario del Gobierno Civil en Araba, Pedro Rodríguez Llamas, clausuraba el local del Sindicato Único. Ante lo que estaba aconteciendo también en numerosos puntos de la geografía del estado español, se declara el “Estado de alarma” en la provincia.

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En aquellas mismas horas fueron detenidos 20 participantes en la rebelión y las fuerzas de seguridad se incautaron de varias bombas, cartuchos de dinamita, armas y municiones. Entre los detenidos estaba Agapito Vadillo, que se encontraba en su casa simulando estar enfermo, o Estanislao Barredo, herido y escondido en un acervo de leña. Varios más consiguieron escapar, pero fueron detenidos cuando intentaban huir de la comarca. Fue el caso del joven José Gil, Nicanor Quintana, Isidro Quintana y Angel Barrón Martínez que fueron sorprendidos por un pelotón de Caballería en las proximidades de Urizaharra (Peñacerrada), que se dirigía a Logroño a ayudar allí a sofocar otro foco de la rebelión. El mando del pelotón los entregó a la Guardia Civil de esa localidad y estos los enviaron a la cárcel de Gasteiz. Ese mismo día también se informó que, volviendo tropas de asalto a Labastida por la carretera de Peñacerrada de hacer un reconocimiento, fueron tiroteados por un grupo, y al intercambiar disparos entre ellos, una persona murió y dos resultaron heridos de gravedad, aunque parece que este último suceso no tiene relación con Labastida.

Algunos de los que huyeron hacia el Toloño fueron a la Peña del Agujero, después un pequeño grupo se dirigió hacia Tabuérniga y una vez allí, algunos se dirigieron hacia Vitoria y otros hacia Miranda. Otros como Sergio Vadillo y Jesús González, exhaustos y perdidos en el monte, decidieron entregarse. El primero en la comisaria de Gasteiz, y el segundo en el cuartel de la Guardia Civil de Dos Caminos, Bidebieta, en Basauri.

Fotografía de “La Voz de Aragón” del 15 de diciembre de 1933

Participantes destacados de la insurrección fueron, según las autoridades encargadas de reprimirla2: Estanislao Barredo, Serapio Vadillo, Fortunato Pesos, Pablo Caño, Antonio Barrón, Eugenio Ayuso, Felipe, Esteban y Angel Manzanos, José Gil, Sixto Barrón, Felipe Barrio y Daniel Quintana. De estos, solo los tres de estos últimos citados consiguieron escapar de la cárcel y los duros interrogatorios de las fuerzas policiales. Sixto, Felipe y Daniel, junto a a Paulino Gil Sáez, consiguiendo llegar hasta Ocio, donde los acogió el molinero José Anda, allí se ocultaron durante tres días, para después trasladarse a Miranda de Ebro, donde el ferroviario, Julio Noguerela, los introdujo en un vagón de mercancías que los llevó hasta la localidad de Hendaia. Felipe Barrio, Daniel Quintana y también Paulino Gil regresaron tiempo después a Labastida una vez hubieron sido juzgados en rebeldía y absueltos.

En Miranda fueron detenidos Esteban y Angel Manzanos. Los dos hermanos fueron a casa de un tío y una tía suya que tenían bajo su tutela a un joven socialista, maquinista de la Renfe, que les propuso un plan parecido al anterior, pretendiéndoles llevar hasta Irun en tren, pero cuando iban a salir de la casa la guardia civil les interceptó, habiéndose enterado en Labastida de su paradero.

Con todo, 36 personas ingresaron en prisión provincial de Álava a la espera de juicio.

El sargento herido fue llevado a Vitoria y de allí al Hospital Militar de Burgos, donde fue dado de alta a finales de enero de 1934. El 11 de diciembre fue enterrado en Vitoria, Pedro Garrido, el guardia fallecido a consecuencia del tiroteo en el cuartel.

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Entierro en Gasteiz del guardia civil Pedro Garrido, muerto en los sucesos de Labastida. El coche fúnebre de color blanco, escoltado por Miñones, abre la comitiva que transita por las calles. una pintada escrita en el antepecho de una ventana reza: “No votad. Viva la FAI” (Foto: Ceferino Yanguas)

El 15 de diciembre, con motivo de las diligencias abiertas, algunos de los detenidos fueron trasladados desde Vitoria a Labastida para ser sometidos a careos y reconstruir los hechos.

El impacto de aquellas revueltas en buena parte del estado español tuvo una enorme resonancia en la prensa de aquellos días, que relataba ampliamente lo sucedido a lo largo y ancho del estado español, tambien claro, lo ocurrido en Labastida donde como prejuzgaba una columna de la prensa :“la propaganda y venta de periodicos como “CNT” y “Solidaridad Obrera” eran importantes”. Los dos diarios de Vitoria se ponían “en estos momentos al lado de la autoridad, en la lucha que tiene empeñada”. El diario conservador “Pensamiento Alavés”, en su editorial del 9 de diciembre, decía que “la raíz del mal estriba en el odio y la ambición que predicaciones insensatas despiertan en los corazones; en el ejercicio de la libertad liberal que ata las manos de la autoridad y suelta todos los frenos se sujetan las pasiones humanas”. El diario tradicionalista se asombraba de que el “comunismo libertario del campo ha asomado ya en las provincias vascongadas. Nos quedábamos muy tranquilos cuando oíamos o leíamos los relatos de lo que en Extremadura o Andalucía pasaba; la culpa era de los latifundios y el hambre del campesinado andaluz; en Euskalerria no hay latifundio ni hambre”. Por su parte, la edición alavesa de “Euzkadi”, diario nacionalista, refiriéndose a los votos obtenidos por José Luís Oriol de Comunión Tradicionalista en las recientes elecciones, titulaba “269 votos: aquellos polvos traen estos lodos”, queriendo dar a entender que de la revuelta de Labastida tenían la culpa los tradicionalistas, que dominaban la vida política local. También tuvieron eco estos hechos en la prensa española como los diarios “La Vanguadia” o “ABC” que se hizo eco de estos sucesos durante varios días, así como de los juicios posteriores.

Tal y como sucedió en otras revueltas anarquistas, en Labastida los bienes o miembros de la Iglesia Católica no sufrieron daño alguno, aunque según el “Pensamiento Alavés”, varios anarquistas intentaron derribar a hachazos, sin conseguirlo, la puerta de la casa de uno de los sacerdotes. El reportero del diario español republicano “La Libertad” aseguró que un sindicalista propuso pegar fuego a la casa cural, a lo que se opusieron sus compañeros, porque en ese caso, arderían también las demás casas de la manzana.

1 “La CNT y los sucesos revolucionarios de Labastida de diciembre de 1933” (Kultura: Cuadernos de cultura. nº 8 1985),

2 Declaraciones del Gobernador civil de Vitoria.

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