Ocultos en Labastida. Los “Topos”


Última actualización: 7 de septiembre de 2018


En julio de 1936 los anarquistas de la localidad que no consiguieron huir, montaron una red de guaridas en diferentes escondrijos, en casas, en un agujero entre las viñas… en algunos casos permanecieron escondidos hasta dos años. Pero finalmente varios fueron encontrados. Este es parte de su relato.

A sabiendas de lo que se podía avecinar tras el golpe militar, muchas personas significadas entre las republicanas y anarquistas optaron por huir en cuanto pudieron del pueblo. Otras sufrieron en primera persona el terror impuesto por los “vencedores”, sobre todo en los primeros años, y unas últimas, en aquel primer momento, optaron por esconderse.

En el curso de los tres primeros meses de la guerra, partidarios del denominado “Movimiento” efectuaron frecuentes registros en las casas en su busca. Al no obtener resultados positivos, desistieron de la búsqueda suponiendo que los perseguidos, habían abandonado el pueblo.

Así, una noche fueron detenidas y trasladadas, en un camión, a la comisaria de Vitoria, Avelina Barrio Maurín, Fernanda Quintana Pérez, Florencia Manzanos García, Honorata y Paula Corcuera Cámara. La intención de los autores de estos arrestos era intimidarlas para que declarasen dónde se encontraban sus respectivos maridos o hermanos. Durante el trayecto entre Labastida y Vitoria las mujeres sufrieron comentarios sexistas, amenazas e incluso agresiones y torturas psíquicas. De vez en cuando las hicieron bajar del vehículo o simulaban su inminente ejecución. En una de estas ocasiones, al pasar por las Conchas de La Puebla de Arganzón las bajaron nuevamente del coche y el vecino L.N.B las espetó: “Aquí matamos a los Vadillo, sino decis donde están vuestros maridos vais a correr la misma suerte” Pese a ello, los torturadores no lograron vencer la resistencia de sus victimas. Tras una estancia de quince días en el calabozo de comisaria, les cortaron el pelo al cero y las pusieron en libertad. De vuelta a Labastida algunas personas intentaron “pasearlas” por el pueblo como escarnio, acto que impidió, pistola en mano, el alacalde Liberio Gil Amurrio.

Las historias siempre se cuentan desde una perspectiva patriarcal de la épica, en la que las hazañas y las dificultades de los hombres parecen el único relato. Pero queremos visibilizar el trabajo, la lucha y también el sufrimiento de todas las mujeres que estuvieron sosteniendo esta lucha, cuidando de la supervivencia de los represaliados cuando estuvieron en la carcel, pero también de sus hijas, hijos y familiares cuando estos no estaban, arriesgando su vida al esconder y cuidar a quienes estaban ocultos en sus casas… En todas las luchas hay retaguardias de mujeres que cuidan, alimentan y sostienen a quienes están en la vanguardia, normalmente hombres, que son quienes pasan a la Historia.

La evidencia más clara de que había gente escondida en el pueblo se tuvo en 1938, cuando el militante de la CNT, León Quintana Pérez enfermó en su escondite y hubo que llamar al médico. Los hermanos León, Paulino, Nicanor y su cuñado Daniel Quintana Martínez, estaban escondidos desde julio de 1936, habían ido superando la claustrofobia y se habían adaptado a la vida sedentaria de su escondite. Con los cuatro “topos” convivían los padres de los tres primeros, Ricardo y María; sus hermanos, Alejandro, Jesús y Fernanda; los hijos de esta y Daniel: Ponciano y José María además de Román Martínez Montoya, obrero agrícola contratado por Ricardo para las faenas del campo.

Pero a últimos de junio de 1938, León enfermó de sarampión (sus sobrinos, Ponciano y José María se lo habían contagiado), y en la madrugada del 12 de julio, su padre y madre se vieron obligados a recurrir al médico del pueblo. Este acudió al domicilio, atendió al paciente y a continuación se personó en el cuartel de la Guardia Civil para denunciarlo. Gravemente enfermo, León murió al poco de ser descubierto, el mismo 12 de julio de 1938 al anochecer. Un día antes, Nicanor, Paulino y Daniel habían decidió salir de sus escondite en dirección a Francia provistos de un mapa y una brújula. Por otro lado, apenas hubieron enterrado a León, los hombres y mujeres que habían convivido con los “topos” fueron detenidos e ingresaban en las prisiones de Gasteiz, habilitadas en en convento del Carmen y en el colegio de enseñanza del Sagrado Corazón respectivamente.

A la altura de Lakuntza, Nicanor se vio afectado de una apendicitis con dolores muy fuertes y mucha fiebre, este suplicó encarecidamente a su hermano y su cuñado que le abandonasen y siguieran camino. Con gran pesar, allí le dejaron y reemprendieron el camino hacia Francia. Unas horas más tarde, una pareja de guardia civiles capturaba a   Nicanor que andaba perdido, al acercarse a un caserio a pedir leche y fue trasladado a la prisión provincial de Álava, en cuya enfermería lo retuvieron varios días retrasando deliberadamente su ingreso al hospital, para que pudiera ser operado antes de que la infección de apéndice se extendiera al peritoneo. Poco después fallecía en el hospital de Vitoria a consecuencia de una peritonitis galopante contraída en la mencionada prisión.

Paulino y Daniel fueron capturados en Elizondo -luego que hubieran andado unos kilómetros por territorio galo- por una patrulla militar. Fueron trasladados a Pamplona y después al centro penitenciario habilitado en la comunidad de frailes carmelitas de Gasteiz. Paulino Quintana Pérez sería juzgado después en Burgos como detallaba la sentencia “Labrador, de 39 años, activo en los sucesos de 1933, detenido en 1938 camino de Francia”. Daniel Quintana Martínez fue también encarcelado en Gasteiz, a su regreso a Labastida, ya a mediados de los años cuarenta, siguió actuando en la clandestinidad. En 1940 contaba con 39 años.

La ocultación de estos “topos” desde el comienzo de la guerra, que se había podido llevar a cabo gracias a una metódica preparación en la que participaron cinco familiares más, puso en alerta a los guardias civiles y requetés del pueblo, decidiéndose a forzar la salida de otras posibles personas escondidas, mediante el refuerzo de la vigilancia sobre sus casas o cerrandolas a cal y canto, una vez desalojadas sus familias y la de otras personas que pudieran ocultarles.

Así el 18 de julio de 1938, dos años después del golpe de estado, fueron detenidos los hermanos anarquistas Esteban y Angel Manzanos García. Estos fueron encontrados por la Guardia Civil y un grupo de requetés, escondidos en un agujero entre unas viñas del termino de La Rueda  y fueron llevados al ayuntamiento con largas barbas y paseados entre la gente, encarcelados en Vitoria en el convento de “El Carmen”, habilitado como prisión. Ese mismo día fue detenida y recluida también en la Prisión Provincial Rosa, hermana de estos, que pasó varios meses encarcelada. Esteban y Angel habian andado escondiendose durante dos años entre diversas casas de la familia pasando diversas visicitudes, como el incendio de una de las casas donde se encontraban.

Lo ocurrido con León Quintana estrechó el cerco de su busqueda y los hermanos tuvieron que salir al exterior el 16 de julio. Primero a unos viñedos en el termino de La LLana, donde pasaron la noche y al día siguiente donde les encontraron. Uno de los requeté que los atrapó les amenazo con martarles allí mismo empuñando su arma, a lo que Esteban respondió: “Si quereís hacerlo subirnos al pueblo y en la Plaza delante la gente lo haceís, que con la cabeza bien levantada, moriremos por un ideal”.

La captura de los dos hermanos Manzanos, inició una nueva oleada de registros y amenazas. En ese clima El 29 de julio de 1938 fueron detenidos otros dos militantes significados de la CNT: Felix Manzanos, hermano de Esteban y Angel, y Paulino Gil, ocultos en el domicilio de sus suegros, Luis Corcuera y Agapita Cámara. Convivieron con éstos y sus respectivos hijos y esposas, Honorata y Paula. Ante la situación creada por el cierre total de la casa y el desalojo de sus habitantes, Felix y Paulino decidieron salir de sus escondites y entregarse. Fueron conducidos a la cárcel de Vitoria. También es detenido el que fuera concejal Agustín García Muga.

El 25 de julio de 1938, una vecina, F.I.G., denunciaba a gritos, haber encontrado el escondite del republicano Nicolás Ortego Blanco. Nicolas había pasado su “autoencierro” junto a su esposa, Avelina y su cuñada María, hermanas del significado dirigente anaracosindicalista Felipe Barrio Maurín.

Sitiado, mientras Nicolas reflexionaba sobre como afrontar aquella nueva situación, entregarse u alguna otra opción que no sería la de morir de hambre en casa, ocurrió la fatídica circunstancia que esta vecina, de tendencia ultraderechista, se acercase a a casa de los Ortego y mirara por el ojo de la cerradura justo en el instante que Nicolás también lo hizo. A los poco minutos la Guardia Civil y varios requetés se presentaron en su casa acabando en el acto con su vida levantándole uno de ellos la tapa de los sesos con la tabla que cubría el agujero donde estaba escondido.

Nicolás había hecho ese agujero en la cuadra dos años atrás. En el se introducía en situaciones de peligro. Una vez dentro las mujeres se encargaban de tapar con estiércol la tabla que lo cubría.

Unas horas después del asesinato, Simón Barrio Maurín, juez de paz y hermano de Felipe, certificaba bajo amenaza de muerte, que había fallecido de un “derrame cerebral”.

La esposa de este y su hermana, Avelina y María Barrio Maurín, fueron arrastradas de los pelos por el pueblo mientras las pinchaban con una agujas de hacer punto, ante el linchamiento, intervino un derechista moderado, Isaac García Lobera y la Guardia Civil que evitaron el linchamiento. Se las condujo al hospital de Vitoria para asistirlas de las graves heridas y poco después a la cárcel de mujeres de Vitoria, en la que permanecieron hasta bien entrado el año 1940.

El caso de la denunciante de Nicolás, no fue un caso aislado de colaboración con los asesinos, el régimen de Franco no se fue construyendo solamente desde la coacción sino también desde el sostén que le dieron muchas personas dispuestos a colaborar y a elaborar interminables listados de “vecinas y vecinos sospechosos”. De hecho, y aunque por lo general los verdugos de estos hechos procedían de fuera, se habla en muchas ocasiones de la intervención en Araba de requetés navarros, en Labastida está documentada también la participación, en las persecuciones y asesinatos, de personas cuyos apellidos no dejan duda de su origen bastidarra. Como dato histórico, Labastida estuvo también durante el transcurso de la guerra, ocupada por tropas italianas del llamado “Corpo Truppe Volontarie” enviado por Mussolini a España.

Días antes se había producido cerca del pueblo la detención del supuestamente último “topo” en el pueblo, Felipe Barrio Maurín, uno de los fundadores de la CNT y considerado uno de los cabecillas de la sublevación de diciembre de 1933. Felipe, casado con Florencia Manzanos, con tres hijos de pronta edad, decidió huir a marchas forzadas una vez también que fue desalojada su casa, después de haber estado oculto dos años. Felipe se traslado primero a Ocio y luego a Miranda de Ebro, con intención de coger un tren dirección a Donostia, donde vivía una hermana suya, pero al ir a coger el billete en la estación fue detenido por la Guardia Civil tras exigirle la identificación y encerrado en la cárcel improvisada del Convento del Carmen de Vitoria. Felipe tuvo mucha suerte, un amigo suyo de centro derecha intercedió para que le dieran un buen trato en el cuartel y una vez encarcelado en la prisión improvisada del convento del Carmen en Vitoria, salió en la primavera de 1939 por influencias de un coronel, en cuya casa trabajaba la hermana citada, residente en la capital guipuzcoana. Más tarde se reunió con su familia en Hernani donde trabajó de peón.

Durante las primeras semanas del “autoencierro” de Felipe fueron frecuentes las redadas en su casa para buscarle. En una ocasión una vez acurrucado tras una cuba de la bodega en el sótano de su casa sufrió los disparos de los requetés, mientras su hija Luisa, de 10 años, (el resto de la familia estaba trabajando en el campo), les repetía: “¡Tirar, tirar, no está!”. Y posteriormente, desplazándose por un pasadizo al pajar y ayudado por su hija, de nuevo intentaron encontrarle regresando los tradicionalistas a la casa, removiendo minuciosamente la paja con los pies, un bieldo y una pala.

Los hermanos Esteban, Angel  y Felix estuvieron en prisión con Felipe compartiendo celda, primero en el convento del Carmen y después en  el llamado “Seminario viejo”. De allí, salieron finalmente en febrero de 1940 con la obligación de pasar todos los sábados por el cuartel de la guardia civil y de avisar en caso de querer trasladarse del pueblo. Durante su estancia en la carcel y durante la guerra, se llegó a hablar de una canje de prisioneros para liberarlos reclamados desde Barcelona por el que fuera secretario cenetista en el pueblo, José Gil, gestión que nunca llegó a realizarse al caer finalmete Cataluña en manos de Franco.

El 6 de septiembre de 1943 fallecia con 34 años Ángel. Esteban, que siguió militando en la clandestinidad falleció en Labastida el 13 de abril de 1990, con 84 años.

Con “verdadero interés y celo” según el Gobernador Civil de la época, los requetés de Labastida propiciaron en aquella época la detención de dieciséis personas y matado a una más. Los tribunales militares, sin embargo, estimaron que no había motivo alguno para condenar a los detenidos (todos anarquistas menos uno) y los consejos de guerra abiertos contra ellos se sobreseyeron en apenas unos meses.

Otro caso fue el de Pablo Caño Sáez, libertario, que en 1936 permaneció meses escondido temiendo por su vida, tras haber sido procesado tras la insurrección anarquista de 1933, condenado a muerte y posteriormente indultado. Finalmente consiguió huir a Bizkaia con intención de combatir, siendo apresado por requetés en Orduña y enviado a la espera de informes a San Pedro de Cardeña, en Burgos, donde igualmente consiguió escapar para acabar luchando en Madrid. En el Servicio de información, se encontró con Isidro Quintana, que recien se habia fugado de la zona franquista. Ambos se dirigieron a Barcelona y de allí salieron para el frente. Finalizada la guerra, que le pilló en el frente de Extremadura, es detenido cuando intentaba cruzar la frontera francesa. Caño fue juzgado y condenado a muerte. De nuevo su pena fue conmutada y salió en libertad definitivamente en 1945, aunque se le prohibió volver a Labastida, tras permanecer 12 años en las cárceles franquistas, falleciendo finalmente en Vitoria.

Vicente Caño Sáez, militante de la CNT y hermano de Pablo, logró pasarse a la zona republicana al frente de Bilbao, finalizada la guerra se instaló en la región parisína de Île-de-France.

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